Paula Mendez 1 agosto, 2018

«Resplandor»

Dedicado a nuestro  ex- compañero, Eugenio Dominguez.

 

Supongamos que tenemos un segundo eterno para sentir nuestra estabilidad en el mundo. Supongamos que se siente neutro, que la plenitud de la nada llega. Que aunque pasen minutos de reloj, nuestra existencia equivale a un segundo que dura por siempre. Que sentís cómo te desconectas cada vez más, flotando más en la nada. Tu esencia se vuelve parte del universo, se transforma en polvo, mezclándose con el espacio, se junta con las estrellas que brillan, como alguna vez un ser lo hizo.

Todo ser tiene una luz, diferente a la del resto y que no percibimos a simple vista, que crece y decrece con el pasar del tiempo pero nunca se extingue. Que muchas veces quema al tocarla, que cuando se intenta llegar más allá lastima, que se deja estar porque creemos que un fogón está bien. Un fogón desencadena un incendio, quemando por dentro, doliendo sin que nadie pueda notarlo, sólo el mismo ser con la piel cubierto de brasas.

Siendo ajeno ¿Vale la pena buscar la causa? ¿Vale la pena recrear el fuego? Únicamente lastima. Únicamente genera más dudas. Aquellas preguntas quedarán sin repuesta, se las llevará el espacio y las formará parte de él. Aquellas señales quizá tan obvias que te dejan ciego, no son más que polvo de algo que no puede ser reconstruido, algo que formó parte de un ser cuyo cuerpo físico permanecía pero cuya alma abandonó la vida hace ya tiempo.

No existe la culpa. Eran indescifrables los signos, escritos con tinta transparente que sólo con la luz del ser eran vistas, que sólo él comprendía. ¿Quién podría saberlo si cada brillo es diferente? Es inhumano saber cómo se siente quien está a tu lado realmente, es imposible colocarse en el lugar de otra llama.

Cuando esa luz se desenchufa del mundo es cuando más plena y cegadora está. Y es así como esa luz desea ser recordada, valorada como lo cálida que es, transmitiendo su individualismo único que la hacía brillar.

Autora: Paula Anahí Mendez

 

 

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